Por el hueco se escucha el ruido metálico de la puerta reja del ascensor. La corriente de aire ascendente es leve y trae un dejo de olor: mezcla entre humedad y aceite. Está unos cinco pisos arriba y subiendo. Decido bajar por las escaleras. Los zócalos de mármol falso que acompañan el descenso de cada escalón tienen un comienzo de hongo, una línea negra muy sutil que no percibí en días anteriores. Alguien no está cumpliendo.
Llego a la planta baja y abro la puerta para ir al subsuelo. Al abrirla me encuentro con mi vecino Paul de frente, que me mira socarronamente. Un poco tarde hoy, ¿eh?, me dice, así se empieza la semana, con ímpetu. Tengo el reflejo de mirar mi reloj y demoro la respuesta viendo que estoy unos siete minutos por delante de mi horario de salida. Que arranques bien la tuya, le contesto y lo paso por el costado para poder bajar y a la vez huir de su ironía imprecisa. Antes de perderlo de vista para entrar en los lockers me doy vuelta y lo veo con su pastillero en mano y abriendo el apartado del lunes. Hace un gesto exagerado con la nuca yendo hacia atrás y come con su saliva. Sigo camino a mi casillero y lo abro sin apuro. No puede ser, tiene que haber un error. Está mi pastillero vacío que dejé ayer. Meto el brazo entero y hago rebotar mi mano contra todos los lados y ángulos rectos y fríos de chapa, haciendo un ritmo de hojalata seco. No hay nada más. Miro desconcertado a mis costados, hacia arriba y hacia abajo. Vuelvo a meter la mano y a hacer música con el locker. No puede ser, no hicieron el recambio. Dejo ahí el vacío.
Salgo a la calle y voy hasta la parada del tranvía. Estoy en horario. Bajo y camino hasta mi central. Entro al edificio y saludo con un gesto leve a la controladora, que apenas me devuelve una mirada asertiva por debajo de su boina gris mientras tipea en su máquina de escribir. Tengo un problema, le digo, no me llegó mi pastillero semanal. Deja de escribir y me mira extrañada. Es imposible, dice, eso no pasa nunca. Escuchar esa frase en voz alta me hace dar cuenta de que es cierto: esto simplemente no pasa. Nunca escuché de alguien que no tenga su ración, desde que tengo uso de la memoria. ¿Qué puedo hacer? le pregunto. Levanta las palmas de sus manos que miran al techo un segundo y vuelve a ponerlas en la máquina para tipear. Me doy cuenta de que ahí no voy a encontrar solución, así que le digo mi número de legajo como todos los días. Ella abre un cajón y me alcanza mi itinerario. Cuando me doy vuelta me vuelve a hablar. Quizás lleguen mañana, debe ser un error, me dice. Salgo de la central con una leve esperanza en lo que me acababa de decir.
La luz del sol comienza a asomarse entre los edificios. Reviso varias veces el itinerario. Mi primer destino es a pocas cuadras de la central. En otro momento diría que estoy con suerte, pero apenas me acerco a esa idea la realidad me trae a la hoja otra vez, en búsqueda de confirmación. Enfoco en el código de jerarquía y el número de piso que me toca. A, 23. Hoy no es mi día, pienso.
Voy llegando al rascacielos. Me llama la atención el ruido de los coches que me acompañan en mi caminata y me abruma el vapor que sale de sus escapes. Estoy algo aturdido, ¿cómo puede algo tan chico como un átomo generar tanto ruido? ¿Por qué me detengo en esto?
Me recibe el encargado que está parado frente a la puerta giratoria y me hace la misma seña que hacen todos los encargados de los complejos A. Camino hasta el callejón y hago los veinte metros hacia adentro. Enseguida aparece el encargado a través de la puerta de metal. Sin decirle nada voy a las escaleras de servicio. Miro para arriba, doy un respiro hondo y me aferro a las agarraderas de mi mochila. Comienzo a subir.
Quizás no pase nada, quizás no sean necesarias.
Me pierdo en los sonidos de cada piso, voces y máquinas de tipeo que llevan adelante la tarea gigante de mover cada engranaje, de coordinar cada trabajo y cada recorrido con la precisión exacta de un reloj. No cabe la posibilidad de un error. No puede ser. Escucho el timbre de un ascensor que frena y abre sus rejas. Me imagino sus movimientos sobre zapatos negros y brillantes, en sus trajes de seda, saliendo airosos a hacer frente a sus jornadas fundamentales.
Alrededor del piso quince dejo de pensar en nada que no sea cada escalón que tengo delante mío. No me siento distinto a otros días.
Llego al piso veintitrés y antes de entrar veo por la mirilla de la puerta que da al pasillo. No parece haber movimiento. Entro y empiezo a buscar en las planillas de cada oficina cuál me corresponde. Como siempre primero hago el conteo y luego comienzo a trabajar. Son tres oficinas nada más. Voy a estar bajando mucho antes de lo que pensaba. Me saco la mochila y me pongo los anteojos y el barbijo. El tono es gris zeta trece. Saco el pincel y el tubo. Ajusto la mezcla y me meto en la primera oficina. Los boxes están vacíos como debe ser y las sillas tapadas con tela de plástico. Me pongo en posición, cerca del suelo, y comienzo mi recorrido con el primer aumento. No llego a hacer diez metros que ya encuentro una falla, de unos tres con cinco milímetros. Meto el pincel en la mezcladora y corrijo con celeridad. Chequeo el tono resultante con el diafragma: gris zeta trece. El olor a esmalte me marea un poco. Guardo el pincel en el tubo y continuo con el recorrido.
El resto del día transcurre como todos los demás. Para mi sorpresa el itinerario fue muy corto, pero a la vez con un porcentaje de errores en los zócalos muy grande. Prefiero eso a hacer grandes distancias en el transporte público.
Los últimos rayos de sol flanquean los balcones triangulares de los edificios que lindan mi central, haciendo un patrón de sombra entre piso y piso que parece un gráfico de desempeño. El controlador me pide mi cartón y sella mi día. Un crédito más y uno menos para subir de categoría. Me da un vaso de agua y me voy de inmediato.
Decido volver caminando para no gastar en tranvía. El trayecto se me hace más largo de lo normal. Otra vez los coches me invaden con el vapor de sus reactores. Siento que el vapor se condensa en mis bigotes y me impregna la nariz del óxido de los escapes.
Llego a casa y me tiro en el sillón sin siquiera prender la radio. Recorro un cúmulo de pensamientos que me resultan ajenos. Me imagino haciendo movimientos que se cortan de golpe. Estiro la mano para abrir una puerta. Doy un paso para alcanzar un escalón que no llego a pisar. Gateo en búsqueda de un raspón de algún gris que no llego a distinguir.
Autos de colores nítidos que brillan y parpadean en una frecuencia particular. La calle se mueve sobre un sendero repleto de árboles. La calle se vuelve río y la corriente lucha con los motores atómicos: todo es el mismo ruido. Mi padre me recibe en la puerta de madera de un edificio pequeño, de un ambiente, de un piso. Me da la mano y me felicita.
¿Madera?
Me despierto en el sillón con un dolor de espalda terrible. Me estiro como puedo y me fijo la hora: tres y treinta y dos de la mañana. Dos horas antes de mi horario. Prendo la radio y solo hay estática. Nadie está despierto. ¡Nadie salvo los repartidores!
Bajo lo más rápido que puedo y saco de mi locker el pastillero vacío de la semana anterior. Cuando quiero darme cuenta ya estoy en la calle. Tengo que hacer dos cuadras para pasar al distrito donde toca la repartida ese día. Las hago al trote. El vapor del día es reemplazado por una neblina dócil. Las grúas de luz incandescente que voy pasando emiten un sonido que nunca había escuchado, una vibración impaciente que sale de las farolas y convierte los caños que las sostienen en varas de resonancia.
Veo la camioneta estacionada en uno de los edificios residenciales de la cuadra. Decido esperar ahí.
No me di cuenta del frío que hacía cuando salí de mi casa. Estoy temblando dentro de mi mameluco. Veo hacia arriba. El marco rectangular de concreto que deja ver el cielo me muestra unas nubes densas, gris oscuro, que prometen lluvia en breve. Gris ene cuarenta y cuatro. Me agacho del lado del reactor de la camioneta, donde algo de calor escapa.
Pasan como cuarenta minutos cuando veo venir con su mameluco blanco y su visera blanca al repartidor, que me mira muy sorprendido. Hola, me dice, ¿me estabas esperando?
Le explico que soy del distrito contiguo y que no llegó mi pastillero el día anterior. Es imposible, me dice. Le hago un ademán poco simpático con mi pastillero vacío. Pone cara de pánico. Permitime, dice. Me lo saca de la mano y de uno de sus bolsillos saca un monóculo con diafragma que me hace acordar al que uso yo. Revisa y confirma. Dame un minuto, dice.
Abre la puerta lateral de su camioneta y puedo ver las estanterías llenas de pastilleros. Tres cuartos están vacíos y un cuarto llenos. En una de las esquinas hay una caja de metal adherida al vehículo. Apreta un botón que sobresale de esta y se abre. Saca un aparato muy similar a una radio, pero que pende de un cable que se pierde dentro de la caja. El repartidor me mira. La situación lo amerita, dice.
Comienza un ritual que me impacienta aún más. Primero se comunica con alguien con voz ronca que lo deriva enseguida. Tardan unos minutos en atenderlo y una voz extremadamente juvenil le pide un código alfanumérico que entiendo es su legajo, aunque varía con respecto al mío: otra configuración alfanumérica. Lo ponen de nuevo en espera. Finalmente me pierdo en el frío cuando empiezan a dictar números de ida y vuelta. Vuelvo a la parte exterior cerca del reactor en modo catatónico.
A los cinco minutos me llama por mi nombre. Hay un error, me dice, figura como entregado en las planillas de la central. El repartidor de tu edificio confirma. ¿Y entonces? le digo. Se inició un formulario de queja, con carátula de error de distribución. ¿Y entonces? vuelvo a decirle. Se sorprende por mi insistencia y demora unos segundos en contestar. Imagino que en breve te van a estar entregando tu pastillero nuevo, me pidieron que reintegre este. Me muestra mi pastillero vacío. Miro las estanterías. ¿No me podés dar uno de esos?, le digo. Pone cara de miedo. ¡No!, dice, ¡eso es ilegal!
Lo veo irse por la calle vacía, echando el vapor más blanco que vi en mi vida. Dobla en la esquina y desaparece. Me cae una gota de lluvia.
Vuelvo a mi unidad y me tiro en la cama el rato que me queda antes de empezar el día.
Me levanto. Me ducho. Abro la ampolla de flúor y la introduzco en mi boca. Mientras hago los primeros buches ya lo siento. Un ardor indescriptible me sacude por dentro. Tengo que escupir enseguida y enjuagarme y enjuagarme, varias veces. ¿Estará contaminada?
Camino por el pasillo hasta el ascensor y lo veo a Paul en su traje mediocre y sus zapatos gastados, apoyando el peso de su cuerpo en un paraguas. Está esperando bajo el umbral metálico. Me escucha venir y se da vuelta. Me sonríe y me dice buen día. Le contesto con un gesto automático pero sin hablar. Me introduce en un monólogo sobre el clima y ya en el ascensor me increpa por no tener paraguas y no cuidar mi salud. Sigue diciéndome algo sobre una cuarta cita que va a tener mañana y ya estamos por salir del edificio. Me pide si puedo pasar hoy o mañana después de mi jornada porque tiene despintado el zócalo del baño y cree que va a tener suerte esta vez. Es irregular, emito mis primeras palabras, hay que tramitarlo. Después yo te computo un porcentaje de crédito, me dice y se agarra el filo de su sombrero, puedo hacerlo fácil. Se va en dirección opuesta contento aunque no le haya dado una respuesta.
El itinerario del día me resulta agotador. La calle se me cierne encima con toda su humedad y el ruido, acompañado por la lluvia. A media tarde siento un vacío que demanda algo dentro mío. Pido la cantidad de vasos de agua que puedo en cada edificio que visito, pero no hacen efecto de satisfacción. Hago mis recorridos y sudo frío sin parar. Creo cometer algunas imperfecciones pero sigo adelante, me desespero un poco. Ya terminando, la calle se vuelve dentro mío y los motores atómicos estallan en mis tripas, caprichosamente. Nunca sentí algo así. Tengo que conseguir mi comida.
Vuelvo a mi casa y me desplomo, aún peor que ayer.
Vamos de la mano a un espacio menos borroso. Una habitación llena de paredes de vidrio que dejan ver árboles de todo tipo con frutos de todos los colores. Alguien me dice que podemos respirar gracias a ellos. Pasamos a través de un umbral amplio a otro espacio donde unas criaturas momificadas se dejan acariciar el pelo muerto. Ahora estoy en un cuarto y miro por la ventana un parque de un verde uniforme e inacabable. Huelo las páginas dulces que voy pasando, una a una. Las letras negras sobre el amarillo y las imágenes pasan delante de mis ojos. Un pájaro tiene un atardecer en el pecho y abre sus alas grises. Sale del libro y escapa. Lo último que pienso es que debería haberlo metido en mi boca.
Me despierto de golpe, transpirado. ¿Qué fueron esas sensaciones? ¿Dónde estaba? Son las cuatro de la mañana. Una puntada en el medio del vientre me hace retorcer en la cama. Esto no está bien. Tiene que ser efecto de la falta de comida.
Intento dormir más pero me es imposible. Mientras me ducho se me viene a la mente la palabra sueño. Eso que papá me explicaba años antes de apagarse, cuando empezó su afición por la arqueología y me llevaba a los museos. No son recuerdos ni fantasías, un intermedio, me decía. Antes le pasaba a la mayoría y ahora a nadie. Entiendo rápido que es un efecto de la abstinencia. Me veo en el espejo y me resulto extraño. Una franja oscura en curva se hincha por debajo de mis ojos, que parecen estar a punto de estallar. Hago tiempo sentado en la mesa, mirando mi vaso con agua. Debo tener la misma edad que cuando él empezó con eso.
Agarro mi mochila y salgo al pasillo. Ya veo a Paul esperando. No doy dos pasos que ya me escucha y se da vuelta. Sonríe nervioso. Me empieza a hablar otra vez sobre el clima y sobre nuestro programa de radio favorito. Me pregunta sobre qué pienso acerca de que Claudio haya elegido a Mirta en vez de a Marta y enseguida me dice que no escuchó más la radio de mi casa y si se me rompió. Siento que un paquete de energía me aparece de la nada y me devuelve algo de normalidad. No puedo creer que Claudio haya dejado ir a Marta. Si estuvo años luchando y subiendo de categoría para conseguir sus papeles y ponerse a su misma categoría, no tiene sentido. En cambio Mirta lo único que siempre quiso fue apalancarse a partir de su posición. Tiene que ser mentira, le digo. Paul se ríe exageradamente. Pienso que realmente me está mintiendo. ¿Por qué haría tal cosa? Se despide recordándome que necesita sí o sí que pase por su unidad al termino de mi jornada. Lo veo y asiento. Lo veo y lo siento capaz de hacer cosas que antes no hubiera imaginado jamás. Lo veo irse para el lado opuesto y se me planta en la cabeza su imagen del lunes, tomando su comida a pasos míos. ¿Y si fue capaz de hacerlo? Pienso que puedo encontrar una excusa para quedarme solo en su unidad mientras trabajo y buscar mis pastillas.
Hace tiempo que Paul se muestra inalterable en su plan de volver a conseguir pareja. A pesar de haber subido de categoría hace unos años no se mudó y ahorra cada crédito que puede. No actualiza sus trajes y los manda a la lavandería una vez por mes en vez de una vez por semana. Tampoco viaja a visitar a sus hijos al sector siete. Una vez le pregunté al respecto y dijo que estaba cansado de ir cerca de la Franja y que ya no aguantaba ese calor. Más adelante me di cuenta que era para ahorrar y que mantenía esa actitud frente a todo. Me parece increíble que no aproveche su ascenso para viajar y ver de cerca la vegetación. Solo tengo recuerdos de la época del internado. Estaba fascinado por ese verde. Recuerdo que no me podían despegar del cristal grueso, me quedaba todos los días esperando que el sol se esconda por detrás de los árboles, mientras jugaba a encontrar formas de objetos en las sombras dinámicas que proyectaban las hojas. ¿Por qué pienso ahora en estas cosas que hace años no vuelvo?
Sé con certeza que la jornada de hoy no me generará incremento. No sé con detalle por qué, pero sí en dónde me fui equivocando. Me llegará el anexo a fin de mes con los descuentos de hoy. Las piernas me pesan aún más que durante el horario de trabajo y siento que tengo un hueco en la espalda que se extiende desde la barriga. El ruido que hace, a tubería desagotando, me acompañó todo el día.
La controladora de la central me sella el día y se detiene en mi rostro. ¿Estás bien? ¿Algún accidente? Le respondo muy serio que no me pasa nada, que quizás me afectó un poco la lluvia y el frío del día anterior. Pone cara de sorprendida y enseguida de soberbia. Siempre podés ir a visitar al médico, me dice, me imagino que tenés créditos suficientes. Asiento con la cabeza y me retiro a la máxima velocidad que me permiten las partes agotadas de mi cuerpo.
Voy directamente a la unidad de Paul. Golpeo la puerta y me abre en unos treinta segundos. Tiene puesta una bata y unas sandalias. Entiendo que recién sale de la ducha. Huelo a tabaco y veo un cigarro prendido, humeando sobre el cenicero que está en una mesa ratona frente al sillón. Apoyo mi mochila en el suelo y miro alrededor. Me llaman la atención la variedad de tonalidades que hay en su sala de estar y la radio moderna que está sobre una plataforma de mármol apoyada en dos ménsulas ornamentadas de yeso, en el centro exacto de la pared que da a mi habitación. Me pregunta si me gusta y me explica que la compró el mes anterior por treinta créditos, resaltando que es un lujo que se permite. No logro conciliar el Paul derruido que veo todas las mañanas con la escena que se me presenta. Vuelvo en mí y recuerdo el acto que imaginé durante todo el día y comienzo a fabricarlo. Abro la mochila y me agarro la cabeza. ¿Qué pasa?, dice. Le explico que me quedé sin tela de plástico para cubrir el baño. Le encomiendo que vaya a comprar uno al depósito que está a siete cuadras y que todavía no cierra, dado que si voy yo no llegaríamos con el tiempo y mientras tanto puedo analizar la tonalidad y preparar la mezcla para el baño. Se fastidia pero accede. Se cambia de ropa y sale de su unidad diciendo y repitiendo una vez más que todo tiene que estar perfecto, perfecto.
Comienzo mi operación de búsqueda con una jaqueca insoportable. Sigo un protocolo estricto donde abro y cierro compartimientos, dejándolos exactamente como los encontré. Comienzo por la sala misma sin resultado y sigo por su habitación. En unos cajones encuentro unas fotos de sus hijos y su ex pareja, donde se puede ver de fondo el cristal que da a la Franja y la vegetación, en un blanco y negro que me genera rechazo. Me quedo unos segundos ahí y pierdo la noción de hace cuánto se fue y cuándo volverá Paul. Estoy nervioso, transpiro. Llego al final de mi operación y solo me queda su mesa de luz. Abro el cajón y ahí está. Su pastillero me muestra que le quedan cuatro pastillas y me permiten acariciarlo. Empiezo a hacer movimientos con mi mandíbula y un sonido de saliva revuelta. Abro con cuidado el último compartimento y saco la pastilla gris. La observo en la palma de mi mano unos segundos y empiezo a acercar mi boca. La pincho con la punta de mi lengua y la pego a ella. Siento cómo me raspa un poco el paladar y enseguida se sumerge en el lago de baba que se juntó detrás de mi lengua. Trago sin dudarlo. Cierro y dejo todo como estaba antes. Voy al baño con mi mochila y me obligo a investigar los zócalos a reparar. A simple vista noto todo normal. ¿Puede ser tan meticuloso Paul?
Pasan unos minutos y escucho un portazo que viene de la entrada. Paul me entrega los plásticos y se saca el sombrero. Noto que le cae una gota de transpiración por el medio de su cabeza calva hasta el comienzo de su entrecejo. Me deja solo en el baño haciéndome un gesto para que me apure. Pongo la protección y me dirijo al sector donde vi alguna anomalía. No tardo más de quince minutos en arreglar los zócalos del baño de Paul, pero algo anda mal. La vista se me nubla, siento que un líquido se mueve contracorriente en los reductos que se van venciendo y avanza hacia arriba. Me recuesto un minuto sobre los plásticos e intento no pensar en nada. Mi garganta es el hueco del ascensor por donde se escuchan los sonidos del metal líquido que sube y arrastra el aire que está atrapado arriba suyo. El gusto ácido y amargo me activa. Me arrastro hasta el urinal cuadrado y me apoyo en sus rebordes. Fuerzo la salida del cuerpo extraño. Una mancha de mercurio ilustra en la pieza de cerámica los restos de la comida del domingo de Paul, que mis tripas no aceptaron. Gris be ochenta y cuatro. Hago correr agua en el agua del urinal y junto mi equipo. Antes de salir del baño hago una última mirada a los zócalos y sé que están impecables.
Paul me espera sentado en uno de los sillones de la sala. El cenicero tiene cinco cigarrillos apagados. Junta las palmas de sus manos al verme. Me pregunta si ya terminé y le contesto que sí. Me dice que Susana ya debe estar bajando y le digo que me estoy yendo. Sí, claro, me dice y me agarra del hombro con cierta vehemencia, para acompañarme hasta la puerta. Cuando estamos llegando a la entrada se escucha el pitido del ascensor. Él retrocede y casi corriendo va hacia el perchero para agarrar su sombrero. Abro la puerta y me veo de frente a una mujer alta que me mira con cara de sorpresa. Hola, dice, vengo a ver a Paul, si no me equivoco. No llego a contestar. Paul, casi a los gritos, dice que ya me estoy yendo. Asiento y la paso por el costado, sin decirle nada. Puedo oler su perfume rústico, a ceniza de chimenea. Me gusta. Doy unos pasos y me doy vuelta. Los veo dándose la mano. La veo de arriba a abajo a Susana. Sus tacos largos y su vestido ajustado, de tono muy claro, con dibujos florales que se pierden en líneas convexas. Lleva en su mano izquierda un tabaquero de chapa y tiene puesta una pulsera de color plata. De perfil se ve su cara que no me resulta muy agraciada pero sí de facciones suaves que me resultan amigables. Su pelo lacio le llega a los hombros y combina con su olor. No le deseo a Paul. Escucho que él le dice algo sobre que soy su vecino y que fui a pagarle la deuda de un préstamo.
Las horas siguientes pasan volando. Me siento extraño, con mucho frío y desorientado. Me vienen imágenes de Paul y su cita. Se ríen, se pelean, fuman y hacen cálculos de sus posibilidades maritales. Les invento desenlaces muy variados. En algunas Paul muere de manera muy burda. En otras Susana lo deja en ridículo por sus atributos y se va riendo a carcajadas. En alguno ella pregunta más sobre mí y comenta que también necesita arreglo en sus zócalos.
Tomo agua y más agua y orino como nunca. Me acuesto pero no me puedo dormir. Vuelve la puntada en el medio de la panza y se va a los minutos. Transpiro. Pienso que Susana ya debe estar en su casa porque son las dos de la mañana. Veo la sonrisa deforme de Paul despidiéndola e intentando besarla, y a ella poniendo el cachete con mucha agilidad para huir con cortesía del universo de la estupidez.
Una figura que me da la espalda abraza una roca gigante. Me voy acercando, pisando con cuidado la tierra húmeda, que se hunde apenas pero me siento amenazado con que mis pies se sumerjan sin fin. La figura grita que es solo una roca, solo una roca. Lo repite varias veces. Cuando llego a la corteza esférica me doy cuenta que estoy lejos. Pongo mis manos sobre la roca y empiezo a rasgar con las uñas. Se va deshaciendo muy fácilmente. Cae en granos al piso de madera que lo sostiene. Camino descalzo por esa pasarela de tablones marrones clarito que lleva a la orilla. El agua muy azul se agita cada vez más a medida que me acerco. Desde la punta del muelle puedo ver los rascacielos al otro lado del río ancho. Un cuervo sobrevuela la ciudad. Va de izquierda a derecha, buscando donde aterrizar. Se pone justo frente a mí y me observa. Comienza a graznar. En el río calmo el reflejo de los edificios cambian sus ángulos rectos por curvas exóticas. El cuervo levanta vuelo y se me viene encima. A medida que se acerca lo veo: lleva en sus garras una roca gigante.
Pego un salto en el charco que hay en la cama. Antes de que me atrape el cuervo, me escucho decir. Estoy aturdido por esas imágenes que no entiendo. Me estiro para agarrar el reloj de la mesa de luz y veo que son las tres y cuarto de la mañana. No tengo fuerzas para levantarme.
Intento dormir más, pero no puedo. Doy vueltas y vueltas. Me hago una bola y aprieto el vientre con las rodillas.
Empiezo a sentir lo mismo que en el baño de Paul y me obligo a ir al baño. Un hilo de mercurio corre por el urinal mientras mi boca hace estruendos parecidos a los de una tormenta tímida. Al final del gris veo correr un dejo de color, un hilo rojo claro. Me fascina.
Recupero algo de fuerzas y me abrigo lo más que puedo. Salgo al pasillo y llamo al ascensor. No se oye ningún ruido en el edificio más que los metales trasladándose. Marco el piso cuarenta.
Mientras subo pienso en la única vez que fui a la terraza de mi edificio. Me acompañó mi madre a ver si se podía ver alguna estrella, cuando recién me habían asignado la unidad al subir de categoría. No se podía.
Abro las rejas y las cierro despacio aunque no haya nadie a quien despertar en el piso de la minicentral. Voy hasta el final del pasillo y paso por delante de la sala de máquinas refrigeradoras. Se puede escuchar el agua corriendo, agitada. Me veo los zapatos caminando por el piso de mármol y me acuerdo del muelle del sueño.
Llego a la habitación donde está la escalera de hierro que da a la terraza. La subo y giro la manivela que abre la compuerta pequeña al exterior. Una ráfaga muy fría me pega en la cara antes de asomar la cabeza.
Voy esquivando entre el vapor las trescientas ochenta antenas de radio pertenecientes a cada unidad. Muchas están desconectadas pero nadie se ocupó de sacarlas. ¿Es una falla o una tarea no registrada? El material rugoso del que está hecho el piso de la terraza se adhiere a mis zapatos. Me da la sensación de dejar un rastro. Llego al otro extremo, el que da a la calle. Me asomo a la cornisa. Un río de neblina corre hacia ningún destino. Miro los edificios de los costados. Todos son más altos. Siento un gusto raro debajo de la lengua. Intento atrapar neblina con la boca pero se deshace. Escupo hacia la calle y veo cómo el bólido líquido deja un surco en la sustancia que me rodea. Me siento apoyando la espalda en la cornisa y me hago un bollo.
Abro los ojos y miro el dorado tenue que viene de arriba. La nube que flota sobre la famosa neblina del sector veintiocho es ahora atravesada por la luz del sol de la mañana. Puedo ver dónde terminan los demás edificios entre la neblina que se disipa. Imagino la vista que tendrán desde esas terrazas. ¿Por qué nunca lo hice? ¿Cómo nunca se me ocurrió subir a un rascacielos?
El sol se posa arriba mío. La energía que cae y roza mi frente, mis párpados y mis pómulos, resulta una caricia que mi cuerpo pedía hace tiempo. El impulso de querer más hace que me desnude por completo. El mareo que hace horas me acompaña desaparece de a poco.
No siento el frío hasta que el sol empieza a terminar su breve recorrido sobre mí. Me vuelvo a vestir y emprendo mi regreso.
Paso el resto del día y la noche con la radio encendida, petrificado en el sillón de mi sala.
Intento buscar otro sueño pero no lo encuentro. Solo imágenes errantes. Me ocupo mucho en imaginar nuevamente cómo habrá terminado la cita de Paul y Susana.
Finalmente me levanto y me ducho. Es muy tarde para empezar la nueva jornada.
Camino hasta la central. Me distraigo mirando las caras que se van interponiendo en mi paso. Bajo los sombreros los semblantes rígidos van de un lado a otro con su itinerario. Nadie mira a los ojos.
Por el horario, tengo que convencer a la controladora para que me entregue mis tareas. Sabés que no vas a tener el crédito, me dice. Me vuelve a sugerir que vaya a ver al médico, ahora por el color rojo de mi piel y la oscuridad que envuelve mis ojos. No debe querer tener que ocuparse del trámite del eventual apagado.
Leo las tareas del día aunque no vaya a hacer ninguna. Pero al ver que una me llevaría cerca del distrito donde terminaron mis padres pienso en ir allí y visitar el Palacio del Yodo.
Decido ir en el subterráneo como en los viejos tiempos. Desciendo por las escaleras agarrándome de la baranda. Camino por los pasillos sin cruzarme con nadie. En la plataforma la mampostería de mármol y las figuras enmarcadas con chapa dorada siguen relucientes. Me siento en uno de los bancos y veo la secuencia de figuras de siempre. El átomo radiactivo que termina unido a dos proteínas sintéticas. Los marcos metálicos aún con el logo de la marca de FOOD en sus vértices inferiores derechos. Ya no se ven en ninguna parte.
Llega el vagón y me levanto. Mi cuerpo pesa varias toneladas.
Dentro hay solo una persona. Un corrector que hilvana hilo con una aguja, suplementando el respaldo de uno de los asientos. Me acerco a la planilla pegada a una de las paredes. Tiene fecha de este mes que ya termina y solo tres legajos escritos. Miro de nuevo al corrector que está concentrado en su tarea. ¿No tendría que estar anotado el suyo? Agarro la lapicera que cuelga y hago como que escribo en la planilla. Nadie se va a enterar. Me recuesto a lo largo de una fila de asientos. El corrector me mira un instante desde el fondo del vagón y sigue con su trabajo.
Van cinco días sin mi comida. El dolor agudo ya cesó, pero el malestar sigue creciendo, poco a poco. Empiezo a tener una picazón esporádica en distintas partes del cuerpo, que a veces me rasco sin miramientos. Voy a ir a visitar al médico, por más que cueste demasiado.
El subterráneo tarda lo mismo que siempre, una hora y media. En la estación del distrito dos hay algunos detectores con sus respectivos diafragmas. ¿Cuántos errores habrán encontrado hoy? Los paso de largo y comienzo a subir las escaleras eternas.
La jornada está terminando para la mayoría de los hombres y mujeres del distrito más importante de la actualidad. Sus trajes y vestidos negros parecen todos recién salidos de la fábrica. Los veo caminando detrás de ellos, sus sombreros que suben y bajan como si flotaran en un río, van a un paso cansino pero seguro. Pienso que es alguno de ellos quien cometió el error logístico de la distribución de mis pastillas de la semana. A alguna de estas personas que veo le llegará el resumen con el descuento y la multa a fin de mes.
El último día que estuve con mi padres fuimos de visita al Palacio de Yodo. Visitamos la fuente, me contaron alguna noticia de la zona, me preguntaron por mi desempeño y no mucho más. Nos despedimos con normalidad. Luego decidieron apagarse sin aviso previo.
La mayoría de los automóviles en este distrito están pintados, a diferencia de los otros que presentan su chasis inoxidable. Todos de blanco, sin excepción. También me parece que hacen menos ruido, pero puedo estar equivocado. En el distrito dos dan la nota sus dos características inmortales, el río ancho con sus puentes, que sobrevivió a los entubamientos; y la última avenida, donde están los teatros. Vestigios de lo que fue la civilización anterior. Por estas características también se lo suele llamar el distrito del sol.
Voy por la avenida y paso de largo los rascacielos de la radio. Las voces que acompañan mis anocheceres deben estar siendo emitidas desde ahí.
Llego a la entrada del Palacio del Yodo. Miro para arriba como la primera vez que estuve ahí parado. Es interminable. Entro por la única puerta giratoria de este diámetro demencial, podría entrarse con un automóvil. Las recepciones de cada espacio del palacio están vacías por el horario, así como las entradas norte, sur, este y oeste estarán cerradas. No se puede acceder ni al museo, ni al archivo del tiempo, ni al salón de actas, ni al directorio. Al único lugar donde se puede ir es al patio central, que es a donde vengo.
El patio central es un patio descubierto entre los cuatro rascacielos. Tiene el tamaño de un cuarto de manzana. Los pisos de baldosa están adornados con dibujos arcaicos, con colores gastados pero aún distinguibles. No hay correctores que puedan mantener o corregir estas baldosas. Las historias que cuentan no son lineales y presentan criaturas no registradas, que se perdieron en el correr de los siglos. En el centro del patio está la fuente con la gran piedra de yodo. Cincuenta y tres chorros de agua danzan alrededor de la piedra.
Una pareja fuma frente al espectáculo de las aguas. Me acerco por otro lado para no interrumpir.
Dejo mi mochila en el piso y me saco los zapatos y las medias. Me arremango los pantalones y entro en la fuente. Uno a uno voy esquivando los chorros con poca destreza. A los cinco pasos ya estoy casi completamente mojado. Antes de llegar a la piedra veo que la pareja se retira indignada. Pienso que tendrán la edad de mis padres cuando me trajeron al mundo.
Parado frente a la piedra tomo real dimensión de su tamaño. La tienen que haber puesto antes de levantar los rascacielos. La tangente que llega a mi cabeza hace que me tenga que inclinar casi a cuarenta y cinco grados para abrazar la piedra. Lo hago y cierro los ojos. El impulso me obliga. Comienzo a lamer la piedra. Mi boca comienza a generar baba excesiva. Nunca sentí tal satisfacción. El picor que deja el agua salada en mi garganta me lleva al éxtasis. Trago lo más que puedo.
Cuando vuelvo a mi casa aún estoy húmedo. Me paro desnudo frente al espejo del baño. Ronchas rojas recorren mi cuerpo distribuidas de manera caprichosa. Los globos de mis ojos están amarillos y con líneas de sangre. Sonrío. Una gota de sangre cae por mi fosa nasal derecha. Es el primer momento en días que puedo pensar claramente. Me limpio la gota con el dedo y la saboreo.
Me envuelvo en una frazada limpia y me tiro en el sillón.
Estoy en un campo de plantas gigantes que brillan con colores metálicos. Las hojas se mueven como tentáculos que chocan entre sí y generan una melodía aguda e insoportable. Floto sobre el pasto, los dedos de mis pies apenas rozan el suelo. A lo lejos, veo una figura que parece mi padre, pero a medida que me acerco su cuerpo se transforma en una maraña de cables y luces intermitentes. Se desarma y rearma, dejando un rastro de chispas en el aire. Mis pies se hunden en el suelo. Me siento pesadísimo. El cielo se vuelve un mosaico de tonos rojizos y púrpuras y el viento trae susurros que me resultan conocidos. Veo el campo desde una ciudad de metal y cristal, con edificios que se alzan y caen en un ciclo sin fin. Las calles están llenas de espejos rotos que reflejan figuras distorsionadas. Camino y veo mis propios ojos en cada fragmento, mirándome con una expresión de desconcierto. Me siento observado. Llego a un edificio familiar, con paredes que laten como un corazón gigante. Abro una puerta y entro a un patio lleno de criaturas flotantes, suspendidas en un líquido espeso. Continúo avanzando y llego a una sala amplia con un ventanal que da a un desierto de cenizas. En el centro de la sala hay una mesa con un motor atómico del tamaño de un puño. Me siento y empiezo a leer un resumen mensual que da créditos negativos. Escucho pasos detrás de mí. Me doy vuelta y veo a Paul, pero su rostro es una radio que narra un desencuentro amoroso. Sonríe de manera inquietante y me ofrece un pastillero. Lo tomo, pero al abrirlo veo que en cada casillero hay una falange distinta. Miro a Paul que se ríe y junta las palmas de sus manos sin dedos. Siento una mano en mi hombro. Giro y veo a mi madre. Sus labios se mueven, pero no puedo escuchar lo que dice. Todo se vuelve borroso y la sala empieza a llenarse de una niebla densa. El suelo se convierte en un lago de mercurio líquido. El mercurio comienza a agitarse y de él emerge una figura que me encandila. Habla con una voz múltiple, como si muchas personas estuvieran hablando al mismo tiempo. Dice que la franja se va a derrumbar por los errores.
Intento volver a dormirme para volver a esas imágenes pero no lo logro. Lo entiendo.
Me rasco el antebrazo hasta quedarme con un pedazo de piel en mis uñas. No lo desperdicio.
Me meto en la ducha y pongo el agua lo más caliente que resisto.
Las piernas y los brazos me pesan menos que el día anterior. La panza no me hace más ruido. Sí siento mucho frío. Me abrigo con el sobretodo de invierno y me pongo los guantes de trabajo. Cuando estoy saliendo veo una nota que pasaron por debajo de mi puerta. Paul me escribe que necesita que lo vaya a ver. Salgo en dirección a la torre de medicina.
En el tranvía atestado de gente siento que me miran, pero cuando intento devolver la mirada no veo los ojos de nadie.
La torre de medicina es la única que es prácticamente toda de cristal en su fachada. Hay una por sector y siempre cerca de los distritos donde viven los correctores. El piso de baldosas blancas hace que la luz durante el día rebote por todos los pisos.
Dentro de la recepción veo personas rengueando y algunas que necesitan ayuda para sostenerse. Hablo con un recepcionista. Me pide el legajo y me pregunta el grado de lesión. Le explico que no tengo lesiones y cuál es mi problema. Me mira casi enojado. No puede ser, me dice. Ya lo tengo claro. Me dice que son cuarenta y cinco créditos la consulta y tratamiento. Que una vez que baje de ver al médico le entregue otra vez el legajo para certificar.
Subo al piso veintitrés junto a un hombre en silla de ruedas. Me mira y sonríe. Siento unas ganas desenfrenadas de golpearlo.
La sala de espera está vacía. Enseguida una puerta al final del pasillo se abre y me llaman por mi número. Camino sobre una nube de la mañana.
Así que otros problemas, dice el médico, póngase en la camilla. Le digo que no tengo alimento desde el lunes porque mis pastillas no llegaron. No puede ser, dice. No le contesto. Le digo que un vecino me regaló una de sus pastillas. Grave error, dice, la pastilla está diseñada para sincronizar con el ADN de cada individuo, puede ser peligroso esa ingesta. Comienza a mover mis articulaciones y verificar que no tenga nada roto. No tiene nada roto, dice, pero su piel y sus vasos sanguíneos están deteriorados como si hubiera estado expuesto a una microfusión de manera directa. Le explico que no estuve en ningún accidente. Saca del cajón una jeringa de metal. La carga con un líquido que extrae de un recipiente gris que dice yoduro de potasio. El líquido tiene el mismo tono. Me dice que me quede quieto. Incrusta la jeringa en medio de mi vientre. Grito del dolor.
Me despide diciendo que iniciará un formulario por la pérdida de mis pastillas. Pero que si no tengo ingesta en dos semanas más puedo apagarme. que vuelva si se me empieza a caer el pelo. Le digo que no fue pérdida. Me dice que tardará uno o dos meses en tramitarse. Me voy mientras sigue hablando.
Bajo a la recepción y salgo sin mirar al recepcionista. Nadie se va a dar cuenta. Será otro error sutil, una gota en el río ancho.
En el tranvía de vuelta me levanto el suéter y la remera para verme el pinchazo. Me dejó una marca semicircular de sangre arriba del ombligo. La aprieto lo más que puedo hasta que una gota aparece y vuelvo a limpiarla con mi dedo que luego chupo.
Llego a casa y me acuesto así como estoy en la cama. No puedo más que dormir.
Me despierta el golpeteo. Una y otra vez con distinta intensidad, el golpe seco a la puerta de mi unidad. No quiero levantarme.
Debe estar sonando hace como diez minutos. De repente parece que va a terminar, pero a los treinta segundos vuelve a sonar. Me levanto.
Paul me mira indignado. Yo me quedo quieto en el umbral. Abre sus cejas lo más que puede y hace un gesto impaciente como para que me corra del medio. No llego a cerrar la puerta que empieza a hablar con tono de voz elevado.
Paul dice algo como que Susana lo evitó los días siguientes a su cita. Que él hizo todo bien esa noche. Actuó acorde a todos los protocolos e hizo una exposición excelsa sobre sus ambiciones en este mundo y cómo podían proyectar juntos una vida. Paul se sienta en el sillón gris individual y prende un cigarrillo. Me da la espalda. Dice que ella sonreía mucho. Que todo venía perfecto hasta que fue al baño. Que cuando salió y él intentó besarla ella le dijo que no estaba preparada. Que le sonó a excusa. Hace una pausa. Tira la ceniza acumulada sobre la mesa ratona de la sala. Me pide un cenicero y prende otro cigarrillo. Comienzo a hurgar en mi mochila. Dice que yo hice mal mi trabajo y que no me pagaría mi crédito.
Al primer golpe Paul hace un sonido que se sostiene como grave e inmediatamente agudo después y dura un segundo. Paso al frente y veo sus ojos desorbitados que miran hacía su cabeza pelada. Puedo ver cómo va apagándose. Impacto el diafragma en el medio de su frente y se me rompe en la mano. El cristal queda incrustado en su entrecejo. Siento una energía infinita. Golpeo una y otra vez su cráneo con la parte metálica. Continuo con su cara, que impacto a impacto va desapareciendo. No me detengo hasta que siento un dolor profundo en la palma de mi mano y mi sangre se confunde con la suya.
Me alejo unos pasos y lo observo. Su traje se funde con mi sillón y son enteramente rojos. Me fascina. Las palmas de sus manos quedaron colgando del asiento y orientadas hacia arriba parecen hacer un gesto de invitación. Me agacho y me arrastro como si fuera a analizar un zócalo. Tomo la mano que hasta hace unos minutos sostenía el cigarrillo. La huelo detenidamente. Separo su dedo índice suavemente. Lo quiebro. Lo vuelvo a quebrar. Lo muevo una y otra vez en todas las direcciones. Pasan minutos u horas. El dedo de Paul se desprende y me salpica. Se me dibuja una sonrisa. Chupo lo más que puedo y siento el gusto ácido, metal y salado. Mastico la carne que rodea el hueso el resto del día.
Por el hueco se escucha el ruido metálico de la puerta reja del ascensor. La corriente de aire ascendente me roza la cara y me acaricia. Los vecinos de pisos arriba se cargan en el ascensor que los traerá a mi piso y luego nos llevará a todos a buscar las pastillas. Saludo a todos con un buen día.
Llegamos a la planta baja y abro la puerta para ir al subsuelo. Sigo camino a mi casillero y lo abro sin apuro. Meto el brazo en el frío de la chapa. Saco dos pastilleros completos de pastillas. Los vuelvo a meter.
Subo a mi casa y veo que dejaron la carta de los créditos. Prendo la radio. Me siento en el sillón a examinar el resumen mensual. Positivo.
Mientras mastico le digo a Paul que era obvio que Claudio iba a elegir a Marta y no a Mirta.
Bravo Martín. Te mando una apurada opinión y te envìo otras mañana.
ResponderEliminarLo positivo: un excelente cuento vanguardista que mantiene al lector en llegar al final lo antes posible por sus audaces y desconcertantes propuestas. Al estar en primera persona te permite contemplar al personaje principal y a otros con su forma de relatar incompleta o inestable, sus ataques de dolor, sus carencias verbales, sus brevedares de acción, una correlación sin borde o deslindes de sus sueños con sus realidades. Todo ello, sus formas y contenido nos habla de una peligrosa sociedad futura, donde la comida está controlada y dada por una especie de poder supremo. Pastillas. ¿No hay euforias, sentimientos o sensibilidades que contengan sus seres? No. Se entiende que no lo puede haber. Entiendo que no es totalmente Ciencia-ficción, sino totalmente Ficción en sus formas más exquisitas y elevadas
Lo negativo o mejor dicho. lo que faltaría sería encontrar una línea de fuego que provoque un rebote al que lo deduce en su totalidad.
Excelente si brevedad en cada momento del relato, por cuanto es el lector el que debe acompañar el texto y, con toda seguridad completar las ideas.
Juan Disante