Por el hueco se escucha el ruido metálico de la puerta reja del ascensor. La corriente de aire ascendente es leve y trae un dejo de olor: mezcla entre humedad y aceite. Está unos cinco pisos arriba y subiendo. Decido bajar por las escaleras. Los zócalos de mármol falso que acompañan el descenso de cada escalón tienen un comienzo de hongo, una línea negra muy sutil que no percibí en días anteriores. Alguien no está cumpliendo. Llego a la planta baja y abro la puerta para ir al subsuelo. Al abrirla me encuentro con mi vecino Paul de frente, que me mira socarronamente. Un poco tarde hoy, ¿eh?, me dice, así se empieza la semana, con ímpetu. Tengo el reflejo de mirar mi reloj y demoro la respuesta viendo que estoy unos siete minutos por delante de mi horario de salida. Que arranques bien la tuya, le contesto y lo paso por el costado para poder bajar y a la vez huir de su ironía imprecisa. Antes de perderlo de vista para entrar en los lockers me doy vuelta y lo veo con su pastillero en mano ...